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Jueves 5 de noviembre de 2026 · Política y economía de México
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Opinión | La muerte de Jesús de Miguel no fue «un incidente de fútbol»

Opinión | La muerte de Jesús de Miguel no fue «un incidente de fútbol»
Foto: Wikipedia / Wikimedia Commons

Un hombre de 30 años murió después de que otro lo golpeara en el pecho en plena cancha. La Policía investiga un homicidio involuntario; el fútbol, y buena parte de la prensa, prefieren llamarlo accidente. Mi opinión es otra, y creo que la historia del propio fútbol me da la razón en lo esencial: esto es distinto a todo lo que habíamos normalizado.

5 de noviembre de 2026 · Por Erick Moreno · Opinión

Las palabras importan

Jesús de Miguel murió porque el portero rival lo golpeó en el pecho a toda velocidad mientras disputaba un balón. La Policía Nacional lo investiga como un posible homicidio involuntario. Esa expresión no es un insulto: es la descripción jurídica de que una persona murió por la acción de otra, sin que se afirme que hubo intención de matar. Es, además, la que corresponde mientras un juez no diga otra cosa.

Que las autoridades determinen si hubo imprudencia grave o dolo; no lo determina la tribuna, ni este texto. Pero el fútbol no puede esconder esa palabra detrás de otra más cómoda. Llamar «accidente», «tragedia» o «incidente» a todo lo que ocurre en una cancha es una forma de decidir, antes que la justicia, que nadie respondió por nada. Y esa decisión, tomada por costumbre y no por prueba, es justamente lo que el deporte profesional lleva décadas haciendo.

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La historia de las muertes que nadie pudo evitar

Para entender por qué este caso es distinto hay que mirar el historial. Casi todas las muertes de futbolistas en plena cancha se deben a causas que ningún rival, árbitro o entrenador controla. Marc-Vivien Foé, mediocampista de Camerún, se desplomó en 2003 en la semifinal de la Copa Confederaciones contra Colombia, en Lyon, por una miocardiopatía hipertrófica. Antonio Puerta, del Sevilla, murió en agosto de 2007, a los 22 años, tres días después de desvanecerse en un partido contra el Getafe. Dani Jarque, capitán del Espanyol, murió en 2009 de un paro cardíaco durante la pretemporada. Son tragedias de corazón, de genética, de un diagnóstico que no llegó a tiempo.

A esas se suman las que causa el clima. Un rayo mató al futbolista José Hugo de la Cruz Meza en Perú, el 3 de noviembre de 2024, e hirió a otros jugadores; en febrero de 2024 otro rayo mató a un jugador en un partido en Bandung, Indonesia. En ninguno de esos casos hay un responsable al que señalar, y es natural que el fútbol llore y siga adelante: la causa estaba fuera de su alcance, aunque sí era evitable suspender un partido bajo una tormenta.

Cuando sí hubo otro jugador de por medio

Sería deshonesto decir que nunca había muerto un futbolista por la acción de otro: ocurrió antes, y conviene conocerlo. El caso más antiguo que recoge la prensa es el de John Thomson, portero del Celtic, que en 1931 murió a los 22 años con la cabeza fracturada tras recibir la rodilla de Sam English, del Rangers, al lanzarse por un balón en el clásico escocés. Una investigación lo consideró accidente y eximió a English; aun así, los abucheos del público escocés lo empujaron a dejar el país. Después vinieron Gallardo (Málaga, 1986), Perkhun (CSKA Moscú, 2001), Choirul Huda (Persela, Indonesia, 2017), Loukar (MC Saida, Argelia, 2021), y en 2025 Raúl Ramírez, portero de 19 años del Colindres, y Helar Gonzales, delantero de 21 años en Perú, que chocó con el arquero rival.

Hay un patrón: son choques, casi siempre en disputas por balones en los que interviene un portero, y en los casos que repasa la prensa no se informa de sanciones ni de fallos judiciales. La muerte quedó archivada, en la memoria colectiva, como una fatalidad del juego. Lo que cambia ahora es que una autoridad española decidió que una muerte en una cancha merece, como cualquier otra por causa no natural, una investigación. Si esa investigación termina en un archivo, lo acataré. Pero que exista ya es un precedente que el fútbol no puede seguir ignorando.

Eso no es una jugada futbolera

Un portero que sale corriendo con el cuerpo por delante y golpea en el pecho a un rival que disputa el balón no está ejecutando una jugada de fútbol: está ejerciendo una violencia que el reglamento no ampara. La tarjeta roja directa que le mostró el árbitro dice exactamente eso. Las descripciones del choque difieren en algunos detalles, pero ninguna sostiene que fuera una acción reglamentaria. El propio portero la llamó «un incidente de fútbol»; yo no puedo estar de acuerdo.

Un incidente de fútbol es un tobillo torcido, un codazo que se castiga con amarilla, una entrada tardía. Esto terminó con un hombre muerto. Y la diferencia no es semántica: cuando llamamos «jugada» a una acción capaz de matar, normalizamos que un cuerpo lanzado contra otro, sin control, es parte del espectáculo.

La sanción mínima: de por vida

Propongo que, una vez que las autoridades determinen su responsabilidad, la sanción deportiva mínima sea la suspensión de por vida del fútbol profesional. No como techo, sino como piso. Si el fútbol se toma en serio la vida de quienes lo juegan, no puede conformarse con unas cuantas jornadas de suspensión para quien causó una muerte, ni con que el responsable cambie de club y de país cuando baje el ruido, como pasó con English casi un siglo atrás.

Es una postura dura y la defiendo: el fútbol exige a los futbolistas jugar con la certeza de que un rival no los va a matar. Si esa certeza se rompe y la consecuencia es una sanción menor, el mensaje a todos los porteros, defensas y delanteros del mundo es que el riesgo extremo sale barato.

El victimario no puede ser la víctima de la historia

Basta ver los titulares de estos días: «reaparece destrozado», «los días más difíciles». Los medios tradicionales han puesto en el centro el sufrimiento del portero, mientras el hombre que murió y su familia quedan al fondo del relato. Es una vieja costumbre del periodismo deportivo: convertir al responsable en el personaje conmovedor y a la víctima en una nota al pie.

Su dolor puede ser real y no lo ponemos en duda; los ataques y amenazas que recibió en redes son inaceptables y los condenamos sin reservas. Pero compasión no es lo mismo que protagonismo. Contar la historia desde él y no desde Jesús de Miguel, que tenía 30 años y una familia, es una elección editorial, y es la equivocada.

Lo que no dijo

En los fragmentos difundidos de su comunicado, Owono expresa dolor, dice que nunca tuvo la intención de hacer daño y que afrontará lo que venga con respeto. Pero en ninguna de esas frases aparece la palabra «perdón» ni una disculpa dirigida a la familia de Jesús de Miguel, a los aficionados o al Tenerife. En los textos publicados, la familia aparece nombrada, no interpelada.

Es un comunicado cuidadoso, y quizá lo escribieron con asesoría legal; entiendo que quien enfrenta una investigación mida cada palabra. Pero cuando alguien muere por tu acción, el silencio sobre el perdón también es una declaración.

Lo que debe pasar ahora

Primero, que la investigación sea pública y completa, con el video como prueba central. Segundo, que las autoridades deportivas dejen de esconderse detrás de la investigación penal y anuncien desde ya qué criterios aplicarán cuando se determine responsabilidad. Tercero, que el reglamento incluya, de forma explícita, sanciones de carácter permanente para acciones violentas que causen la muerte. Y cuarto, que la prensa deportiva decida de una vez de qué lado de la historia quiere estar: del lado de quien murió o del lado de la comodidad.

Jesús de Miguel no es una estadística más de la lista de tragedias del fútbol. Es la primera vez en mucho tiempo que una muerte en la cancha obliga a hacer las preguntas incómodas. Que no se archiven en el olvido.

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Proceso · Hola · Record · Cultura Colectiva · El Nuevo Día · C5N · La Nación · Milenio · Fox Sports

Foto: Wikipedia / Wikimedia Commons
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